Era una muerta que caminaba y se comunicaba. De vez en vez mostraba alguna sonrisa. Bien podría decirse que era feliz. Lo tenía todo: una familia unida, amigos, una buena escuela, una linda casa. Sin embargo no se podía estar más muerta ni aunque el cuerpo estuviese cien metros bajo tierra.
Era inevitable verlo a “él” caminando por los pasillos con esa cara de triunfo que le caracteriza. Casi como si le presumiera su dicha y se burlara de su situación. Que ironías, solo él era capaz de comprender lo que ella pasaba y sentía pero no podían hablarse. El había preferido enmudecer y ella estaba harta de ser la unica que hablaba. No pasaban ni 5 minutos juntos sin herirse. Era casi una conclusión lógica, cual fórmula matemática, ella ya había arrojado su corazón y no había más remedio que morir lentamente desangrada.
Con el paso del tiempo se acostumbro al dolor, bien dicen que a todo se acostumbra uno. Alguna vez algún amigo cansado de ver esos ojos tristes le había dicho que no se valoraba. Cabe mencionar que el comentario le perforo las venas. Renata era orgullosa por herencia, sin embargo desde que se había desprendido de su corazón este sentimiento se había dormido al no tener un motor de impulso. El comentario de su amigo le había despertado.
Al día siguiente su sonrisa era más viva, los colores brillaban de nuevo. Entonces estaba convencida que no sería capaz de volver a sentir, pero era movida por otra fuerza más poderosa, el amor propio. Retaba al mundo a cada paso. Quería gritarles que supieran que esta viva. Era fuerte, nada la podría tirar de nuevo. La simple idea de pensar que alguien la había sumido en esa fragilidad humana que ella negaba tener la ponía de malas.
Todo surgía tan bien que creyó haber aprendido a vivir sin corazón. Las demás funciones se habían acoplado bien. No imaginaba que nada pudiese alterar aquel estado perfecto en que se amoldaba al mundo.
